Creencias, ¿ayudan o limitan?

Las creencias nos permiten definir, resumir y categorizar la realidad. Proporcionan una manera de etiquetar la experiencia y, por lo tanto, una manera de interpretar nuestras vivencias. Una creencia es un juicio: opinión, valoración sobre algo. Resumen nuestras experiencias y hacen que nuestras reacciones futuras con el mundo sean más predecibles y significativas.

Las creencias simplifican y organizan lo que vemos, proporcionan un contexto para la experiencia y en cierto modo la determinan. Una vez formada es difícil cambiarla, porque la damos por cierta, por verdadera, cuando en realidad no es sino una experiencia subjetiva.

Las creencias se desarrollan partir de:

  • Nuestra experiencia personal, cómo resolvemos nuestras necesidades emocionales (YO)
  • Las influencias de las personas significativas que nos rodean (otros)
  • La cultura a la que pertenecemos (mundo)

Como todo, las creencias tienen,

  • Un aspecto positivo, nos ayudan a categorizar nuestra vida.
  • Un aspecto negativo, nos limitan.

Si asentamos determinadas creencias en momentos en que teníamos pocos recursos, estas pasan a nuestro inconsciente sin que nos las cuestionemos. Por eso, de adultos seguimos teniendo creencias formadas cuando nos sentíamos limitados como niños.

Si entonces nos sentimos indefensos, inseguros, incompletos, imperfectos, insignificantes… este concepto de nosotros mismos permanece en nuestro inconsciente. Aunque tengamos una actividad positiva como adultos, otra parte nuestra infantil puede tener una creencia que nos limita y no nos permite conseguir lo que deseamos.

Las creencias limitantes sobre nosotros mismos surgen de las emociones que más hemos acumulado. Nos permiten predecir, tener certeza y consistencia, filtrando todo aquello que no esté en consonancia con ellas, y nos dan seguridad. Pero por otro lado nos vuelven rígidos, inflexibles, deterministas, e imposibilitan el cambio porque cada vez que algo nuevo aparece, si no atraviesa el filtro de mis creencias limitantes no puedo aceptarlo.

Es importante darnos cuenta de este detalle para poder mejorar, cambiar, avanzar, desarrollarnos. Debemos tener la mente abierta, estar dispuestos a cuestionarnos nuestras creencias, por muy útiles que hayan sido hasta ahora, a aprender nuevas cosas y desapegarnos de las creencias viejas, que ya están obsoletas.

Las investigaciones neurocientíficas nos indican que, una vez que hemos grabado un patrón, y sobre todo si lo hemos grabado con mucha emoción, tenemos la tendencia a repetirlo, y con cada repetición lo reforzamos aún más. Así pues, las experiencias dolorosas no resueltas tienden a estar presentes y se repiten una y otra vez, con lo cual todas nuestras experiencias de la infancia, una vez que se han grabado y repetido, actúan como un filtro, seleccionando los acontecimientos posteriores, que se incorporan.

Cuando ya podemos pensar y razonar alrededor de los 7 años, tratamos de explicarnos a nosotros mismos estas sensaciones y emociones de malestar. Pero no podemos entender por qué nuestros padres nos tratan mal. Sin entenderlo y dependientes de ellos, solo nos quedan tres opciones para sobrevivir:

  1. Pensar que nuestros padres son buenos y nosotros somos malos.
  2. Pensar que nuestros padres no están bien y nosotros tampoco pero nos tenemos que aguantar.
  3. Pensar que nuestros padres son malos o no están bien y tenemos un problema que intentamos resolver cómo podemos.

No puedo, no sé, no soy

Aunque desde los 3 años aproximadamente tenemos razonamiento básico, se puede decir que la edad de la razón gira alrededor de los 7 años. Resulta curioso que la mayoría de las creencias importantes sobre nosotros, los otros y la vida se crean antes de los 7 años. Así que tenemos creencias de niños llevando la vida de adultos. Tenemos creencias limitantes basadas en las tres más importantes: no puedo, no sé, no soy lo suficiente.

Las creencias que tienen que ver con “No puedo” son creencias de cuando éramos niños y posiblemente no podríamos hacer determinadas cosas porque no teníamos suficiente destreza, no habíamos ensayado lo suficiente y no tuvimos apoyo para aprenderlo. Son creencias de cuando no teníamos desarrollado nuestro cerebro lo suficiente, con lo cual, aunque quisiéramos, no podíamos porque nuestra capacidad espacial y motora no estaba lo suficientemente desarrollada.

Las creencias relacionadas con “No sé” tienen que ver con el reflejo de nuestros padres cuando veían que no nos salían las cosas e intentaban ayudarnos, tal vez haciéndolo por nosotros en vez de tener la paciencia de enseñarnos a realizarlo. Puede de hecho que no supiéramos manejarnos para conseguir los resultados deseados, pero tal vez no nos enseñaron en los momentos de desarrollo de nuestro cerebro, con lo cual efectivamente no sabíamos, pues no teníamos desarrolladas las conexiones neuronales para hacerlo.

Las creencias que tienen que ver con “No soy” se refieren a mi sentido de identidad, a cómo me veo yo a mí mismo, y lamentablemente somos un reflejo de las carencias de nuestros padres. Nuestros padres, consciente o inconscientemente, quieren que seamos como ellos. Quieren que nos convirtamos en una réplica de ellos, a su imagen y semejanza. Y vamos a acabar siendo un reflejo de su parte negativa, de aquello que nos han estado diciendo y condicionando o programando desde fuera. Fijaos: si vivimos la vida con creencias de niño en el cuerpo de un adulto, ¿cómo nos va a salir algo bien?

Una de las maneras de cambiar nuestros comportamientos es modificar las creencias que nos limitan. Si tomamos conciencia de las creencias limitantes y hábitos destructivos que tenemos y, desde la aceptación y respeto por lo que estos condicionamientos han significado para nosotros, voluntariamente decidimos cambiarlos, también variará nuestra vida. Para ello tenemos que:

  1. Hacer consciente lo inconsciente, identificando nuestras creencias limitantes.
  2. Agradecer la función o el cometido que tuvieron estas creencias en nuestras vidas antes de cambiarlas. Este paso es importante porque establecemos una relación con lo que nos ha sido útil, y para dejar partir un comportamiento hay que hacer un duelo. Esto nos permitirá el cambio de creencia, con la toma de conciencia.
  3. Llevar a cabo las acciones necesarias asegurándonos que intervienen los tres cerebros para cambiar las creencias en los tres niveles: mental, emocional y comportamental.
  4. Ser capaces de imaginarnos sin esa limitación, sin que surjan peros u obstáculos. Trabajar la resistencia al cambio, los miedos que subyacen a lo desconocido y los beneficios secundarios de quedarnos como estamos, es indispensable para poder imaginarnos sin la limitación y creer lo que queremos creer.

Para reprogramar nuestra mente tenemos que estar en disposición para ello. Por lo que primero hay que trabajar las resistencias al cambio desde la relajación y el equilibrio del cuerpo – mente.

Texto extraído del libro Abraza a tu niño interior. Nunca es tarde para sanar tu infancia de Victoria Cadarso

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